La mentira del tenis moderno y la era de la inmediatez
Hay una mentira elegante en el tenis moderno: todo ocurre cuando debe ocurrir. El talento ha de florecer joven. Si el éxito no aparece de manera tempranera, entonces no llegará nunca. Pero este deporte, en sus rincones más polvorientos, guarda otra verdad. Una más humana. Esa verdad tiene hoy el rostro del tenista argentino Marco Trungelliti.
Treinta y seis años y dos meses. Una edad en la que el tenis no suele abrir puertas, sino insinuar despedidas. Y sin embargo, en Marrakech, en un ATP 250 que no prometía épica, Trungelliti hizo algo que el circuito profesional llevaba medio siglo sin permitir: entrar por primera vez en el Top 100 del mundo.
El camino invisible: Kigali y la oportunidad en Marrakech
Marco venía de jugar en Kigali, Ruanda. Dos semanas antes. Un Challenger 100. Un lugar remoto en el mapa del glamour que rodea al tenis, pero central en la geografía del sacrificio que tienen que hacer los tenistas para llegar al nivel ATP. Allí ganó su séptimo título en un circuito que no da fama, pero sí forja tu carácter en pista.
Después llegó a Marrakech. Superó los dos partidos de fase previa. Y cuando por fin cruzó esa puerta hacia el cuadro principal, supo que estaba ante una gran oportunidad. Primero derrotó al joven talento portugués, Henrique Rocha. 7-6(5), 6-2. Sin titubear. Con brillantez y experiencia. En adelante llegó Kamil Majchrzak: quinto cabeza de serie del torneo, número 53 del mundo, semifinalista allí mismo el año anterior. Unas credenciales que el argentino no tiene ni de lejos. Pero el tenis no se fija en el currículum. Se fija en la pasión que tienes por él.
Confirmación de la hazaña…pero no tan rápido
Trungelliti volvió a ganar. 7-6(4), 6-3. Selló su pase a cuartos de final, los segundos de su carrera en un torneo ATP. Sí, a esta edad. Como si toda su trayectoria hubiera sido una antesala más larga que la de los Oscars para llegar a este momento. Y las redes y algunos medios relevantes se lanzaron a afirmar que Marco era jugador Top 100. Pero sólo lo era en el ránking en vivo, que no se confirma hasta que terminan los torneos y cierran los cortes. Con lo cual, Marco no era realmente jugador de Top 100. No de manera asegurada.
Hoy viernes se enfrentaba a Corentin Moutet, y dependía de él asegurar, esta vez sí, conseguir semejante premio. Y lo ha logrado, batiendo al francés por 4-6, 6-3, 6-4 en un partido complejo en el que ha terminado por dominar a Moutet, arrinconado en el fondo de pista y defendiéndose como gato panza arriba, pero siendo inferior al fin y al cabo.
El último, en 1976
Hace 50 años, Ken Rosewall, leyenda viva del tenis, había hecho algo parecido con 39 años. Sin embargo, Rosewall ya era leyenda, campeón de 8 Grand Slams individuales, un hombre que ya había tocado la gloria. Trungelliti no. Y ahí está la diferencia. Porque con este ranking, con este número que parece frío pero que en realidad arde, Trungelliti, un "hombre qualy" por antonomasia, entraría por primera vez de manera directa al cuadro principal de un major. Lo haría en Roland Garros.
Los amantes de la raqueta no pueden evitar detenerse ahí. Porque esto ya no va solo de tenis. Es otra cosa: una metáfora.
El Kigali de cada uno
Todas las personas han tenido un Kigali propio en algún aspecto de sus vidas. Un lugar remoto, alejado de los focos, donde seguir la lucha parece irracional para el resto del mundo. Todos hemos jugado fases previas invisibles. Partidos personales, íntimos, que parecen irrelevantes pero que son fundamentales para forjarnos como personas o como profesionales. Y todos hemos sentido alguna vez que el tiempo se escurre entre los dedos.
Esta historia —que no abrirá portadas por motivos más que evidentes— tiene algo con mucho valor: es inspiradora. Porque en alguna parte, en la mente de un jugador profesional que duda, esta hazaña resonará.
No siempre gana el más joven. Ni el más talentoso. A veces gana el que insiste. El que sigue adelante cuando parece que ya no hay narrativa. El que trabaja cuando nadie está mirando. El que entiende que la única persona con poder para poner fecha de caducidad a los sueños es uno mismo. Nadie más.
Viva el tenis.







